De la agonía al éxtasis ¡Qué manera de sufrir por un partido de fútbol!

Por Marcelo Ducart[1]

El Mundial de Fútbol Brasil 2014, ha superado todas las expectativas dramáticas de cualquier espectáculo globalizado.

A mi entender, es uno de los espectáculos del mundo globalizado más dramático y bello de la historia. En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de la agonía al éxtasis. De lo horrible de un juego intrascendente al éxtasis de un resultado.

Es también el mundial más democrático, aún cuando haya favoritos. No quedan equipos que muestren una superioridad aplastante sobre el resto. Por tal motivo, se han potenciado las posibilidades de todos, creando una mayor atmósfera agonística, que a su vez potencia y vincula la tensión, el sufrimiento por un resultado con la belleza. El espectáculo ya está asegurado. Pase lo que pase en adelante, lo mejor ya empezó a germinar.

Y no solo eso, sino que parece emerger entre los escombros del viejo deporte, una nueva estética de la competencia. Podemos percibir que el sentimiento de no estar a la altura de la situación, la insuficiencia vital de sentirse incapaz de dominar todos los condicionantes que pesan sobre la realidad, han contaminado y posibilitado al mismo tiempo, esta obra maestra del teatro brasileño.

La confrontación y el combate dentro y fuera de los estadios, fueron construyendo un relato original, atrevido e impensado. El impulso psicológico de luchar como resabio agonístico de eliminanación de tensiones inconscientes ha sido exitoso. A través del embate simbólico de un juego, ha encontrado la génesis de una satisfacción estética sublimada propia de los “agones” atenienses. Aquí no se trata sólo de la emoción de atacar al otro diferente como mecanismo tanático de supervivencia, ni tampoco de un instinto de conservación y lucha del más fuerte, ni menos aún de una puesta al día del ritmo circadiano que hace enervar la irritabilidad de neuronas y glándulas sociales.

Mejor, es eso pero también mucho más. Detrás de la puesta en escena de cada partido, se libran las batallas más duras y desafiantes. Allí sobre todo triunfa aquel modelo de juego y jugadores que logra imponerse sobre los demás. Allí se enfrentan cuerpo a cuerpo los contendientes.

En el silencio de un vestuario, en una cancha auxiliar, entre las paredes de un hotel, se vive otro mundial, diferente pero fundamental.

El otro, el que se juega en las canchas, es el resultado del emergente, es la exteriorización de un estado de cosas. El saber y el poder se anudan y empiezan a rodar al compás de una pelota.

Pero el balón que inaugura la función y con ello la fiesta y la guerra, empezó a rodar mucho antes. Comenzó a escondidas entre la racionalidad hegemónica y el sincretismo mágico, entre los modelos de toma de decisión táctica y estratégica, entre los poderes dominantes y los nacientes, entre lo instituido y la novedad, entre la magia y la racionalidad, entre el talento individual indescifrable y la estructura colectiva, entre el orden y la libertad.

La crisis de la cotidiano abre paso a nuevas miradas, líneas de visibilidad que se ensanchan y permiten vislumbrar los modos de sujeción y control social. Se advierte con más crudeza las ilusiones de muchas de nuestras tan proclamadas conquistas.

Porque así como los ciudadanos de cualquier país estamos condicionados por una vigilancia global sistemática apenas sospechada, los jugadores también están en camisas de fuerza, sometidos sobre el césped a miles de imposiciones, sujetos a normas jurídicas que exceden la reglamentación del deporte y obligados, aunque no quieran, a sobreactuar para encender la mecha de las expectativas sociales de un país. La mayoría no juega como quiere, sino como se le permite.

Y aquí aparece la novedad. Porque lo que no mata, en realidad fortalece. Sólo desde la agonía se puede pasar al éxtasis. Lo que permite realimentar la utopía de la superación,  está dada por lo magistral, por lo Otro, por lo diferente a lo común. Aquello que se vislumbra como dotado de un aura inconfundible. El entusiasmo necesita de la belleza de lo excepcional.

Es decir, de aquellos guerreros que han sabido y podido burlar las murallas del condicionamiento y automatismo sistémico. Aquellos que han sabido romper los chalecos de la alienación conformista propia de la obediencia debida y lograron con su talento abrir grietas de admiración y belleza.

A esta altura no me queda otro remedio que referirme entre un puñado de pocos, a Lionel Messi. Claramente es un jugador diferente, intermitente como todos los genios, que aparece cuando quiere, imprevisible para todos, aún para sus compañeros que a duras penas logran preveer sus diabluras.

Todo el equipo argentino gira a su alrededor y cuando él se apaga, el fútbol duerme. Cuando él se desconecta el sistema agoniza. Así sucede siempre con los grandes protagonistas de la historia. Su talento es siempre inconfundible, intransferible e inimitable.

Lo cierto, es que creo que también para él mismo es un mundo nuevo cada partido. No alcanza a comprender lo que desata y se desata a su alrededor. Y repito, “desata”, sí. Porque al verlo rodeado de adversarios que intentan atar su originalidad, él se las tiene que ingeniar para vulnerar esos lazos que intentan sujetar la genialidad que brota con él y tal vez muchas veces, a pesar de él.

El espectáculo, el acontecimiento deportivo Brasil 2014, el seleccionado argentino mal nos pese, todo le debe una gran cuota de su belleza a este niño prodigio de Rosario. Cada vez que se decide a jugar, sus movimientos se ritualizan como en una gran solemnidad. El ritmo de sus pies, el azar de su trayectoria, la plasticidad, estilización y el drama que inaugura, deslumbran la oscuridad de lo cotidiano e inauguran un nuevo tiempo lúdico.

Los espectadores no quedan indiferentes ante sus gambetas, el silencio respetuoso, los gritos de miedo, la desesperación cuando no aparece su genio y, sobre todo, el estallido catárquico acompañan su paso por los estadios y los televisores.

En síntesis, aunque la luz siempre dibuje sombras a su alrededor, ojalá que podamos seguir disfrutando de su luminosa manera de jugar y no quedar enceguecidos ante tanta claridad.


[1] Argentino de Rio Cuarto, Córdoba, Docente da Universidad Nacional de Rio Cuarto. Quando aqui esteve por ocasião do XVIII Conbrace (Brasília/DF, 2013) demonstrou ser discípulo de Messi. Sabe jogar!

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